Ejercicio 1

Escribo. Cada mañana, de 7 a 11, me siento al escritorio y escribo. Escribo porque no soy dueño de una productora de cine, estudio y/o editorial donde me pueda sentar cruzado de piernas a recibir personas con proyectos delirantes, novedosos, frescos, agresivos y poéticos y asegurarme de que se filmen, se graben o se publiquen. Escribo porque no tengo en marcha una factoría de ideas ajenas para exponerlas, difundirlas, gritarlas y convencer a todos de que son grandiosas, novedosas, liberadoras, reveladoras y buenas. Escribo porque no tengo una banda de pares dispuestos a establecerse en forma indefinida en la plaza de gobierno sin agenda ni un reclamo configurado. Un grupo lo suficientemente convencido de que ya fue suficiente y de que lo único sensato y respetable es atrincherarse, porque seguir con el día a día mientras todo funciona como funciona es inaceptable, hasta que los de siempre caduquen y la irritante tolerancia moral de la población general se quiebre. Escribo porque hice un pacto conmigo mismo, y escribo porque el pacto al que me comprometí incluye que ése sea el único pacto válido de cumplir a las 7 de la mañana de cada día. Por eso, de Lunes a Viernes, sin excepción, de 7 a 11 de la mañana, escribo. Escribo antes de vestirme, antes de asomarme a ver el color del cielo, antes de conocer la temperatura, de conectarme al mundo. Escribo antes de ingerir una gota de agua, antes de incorporar carbono y azúcar, antes de sumarle cualquier cosa al cuerpo. Escribo hasta que el estómago se estruja, los labios se secan y las piernas tiemblan, y escribo antes de saber qué pasa en el mundo, si aún existen los demás, antes de mirar los mensajes, de ver las fotos o de escuchar sobre cualquier urgencia, ya sea que me ataña personalmente o no. Escribo así no haya dormido la noche anterior, así me haya despertado con calor, con frío extremo, con fiebre, con alegría o con terror. Escribo porque quiero saber qué es lo que escribo cuando escribo sin dormir, con frío, con calor, con alegría, con fiebre o con terror. Escribo porque me anoté en kung fu y no me alcanza. No me alcanza la fulminante entrada en calor, no me alcanzan los extenuantes ejercicios de postura y los antinaturales ejercicios de elongación. No me alcanzan los puños al aire ni las patadas a la bolsa. No me alcanzan los combates cuerpo a cuerpo ni las formas de palo, lanza, sable, espada y daga. No me alcanzan los nudillos contra el muñeco de madera ni los bloqueos que ennegrecen el antebrazo. No escribo para un blog, para un editor, para un director ni para un productor. Escribo porque la escritura no es potencia, es acto. Escribo para actuar la potencia, para poner la potencia en acto. Esta carilla es acción, esta coma es acción, mi culo contra la silla es acción y mis labios resecos pidiendo agua y mis neuronas dormidas pidiendo café son acción. Escribo porque cuando termino un trabajo, nunca se cuál va a ser el próximo, y porque mi estructura de supervivencia está diseñada específicamente de esa manera para poder generarme tiempos para escribir. Por eso me anticipo a esos tiempos de escritura y escribo. Escribo porque si tuviera una productora de cine, un estudio y/o una editorial, tarde o temprano me aburrirían los proyectos que ingresan y tendría que salir a minar hondo en internet y en el exterior en busca de cosas en bruto más interesantes para pulir, y porque finalmente, cansado de minar, me sentaría a escribir los proyectos yo mismo. Escribo porque si tuviese una banda para asentarme en la plaza de gobierno seguramente vería con hastío las dudas, los titubeos, las vacilaciones, el enviciamiento, las direcciones equivocadas, y finalmente me apartaría para intentar clarificar la discusión o explorar alternativas sentado frente a un teclado, escribiendo. Escribo porque antes de unirme a una escuela de kung fu, escribí una historia sobre un personaje que se une a una escuela de kung fu. Escribo porque, escribiendo, me escribo. Pero también escribo porque, sobre todo, yo no soy eso que escribo. Escribo porque si no hubiese hecho un pacto conmigo mismo, tendría que sentarme a idear un plan que me compela a escribir. Por eso primero escribo, antes de tener que sentarme a escribir. Escribo porque, dicho lo dicho, es lo más sensato de hacer. Lo único sensato. Antes de tomar agua, antes de vestirme, antes de leer las noticias, antes de trabajar, antes de poner una productora, antes de lanzar patadas, antes de copar la plaza de gobierno, antes de firmar un pacto, escribo.

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